1929-1932: Capítulo 7. Cinco días (23-27 de febrero de 1917), de la Historia de la Revolución Rusa.
(viene de pg. anterior)
¡Qué pobreza la de las crónicas de las acciones
de Febrero, aun comparada con los escasos documentos que poseemos
de las jornadas de Octubre! En octubre, los revolucionarios actuaban
capitaneados día tras día por el partido; en los
artículos, manifiestos y actas del mismo aparece consignado,
aunque no sea más que el curso externo de la lucha. No
así en febrero. Las masas no están sometidas casi
a ninguna dirección organizada. Los periódicos,
con su personal en huelga, permanecieron mudos. Las masas hacían
su historia, sin poder pararse a escribirla. Es casi imposible
restablecer el cuadro vivo de los acontecimientos que se desarrollaron
por aquellos días en las calles. Gracias que podamos reconstituir
las líneas generales de su desarrollo exterior y esbozar
sus leyes internas.
El gobierno, que aún no se había dejado arrebatar
el aparato del poder, seguía los acontecimientos peor incluso
que los partidos de izquierda, que, como sabemos, distaban mucho
de estar a la altura de las circunstancias. Después de
las "eficaces" descargas del 26, los ministros por un
momento se tranquilizaron. En la madrugada del 27, Protopopov
anunció que, según los informes recibidos, "una
parte de los obreros se proponen reanudar el trabajo". Los
obreros no pensaban, ni por asomo, en reintegrarse a las fábricas.
Las descargas y los fracasos de la víspera no han descorazonado
a las masas. ¿Cómo se explica esto? Evidentemente,
los factores negativos se han convertido en positivos. Las masas
invaden las calles, establecen contacto con el enemigo, ponen
amistosamente la mano en la espalda de los soldados, se deslizan
por entre las patas de los caballos, atacan, se dispersan, dejan
cadáveres tendidos en las bocacalles; de vez en cuando,
se apoderan de armas, transmiten noticias, recogen rumores y se
convierten en un ser colectivo dotado de innumerables ojos, oídos
y tentáculos. Cuando por la noche, después de la
lucha, vuelven a sus casas, a los barrios obreros, las masas hacen
el resumen de las impresiones del día, y, dejando a un
lado lo secundario y accidental, sacan de ellas las conclusiones
correspondientes. En la noche del 26 al 27 estas conclusiones
fueron, sobre poco más o menos, las notificadas a sus superiores
por el confidente Churkanov.
Por la mañana del día siguiente los obreros afluyen
nuevamente a las fábricas y, en asambleas generales, deciden
proseguir la lucha. Se siguen destacando por su decisión,
como siempre, los trabajadores de Viborg. También en los
demás barrios transcurren en medio del mayor entusiasmo
los mítines matinales. ¡Proseguir la lucha! Pero,
¿qué significa esto, hoy? La huelga general ha derivado
en manifestaciones revolucionarias de masas inmensas, y las manifestaciones
se han traducido en choques con las tropas. Seguir la lucha hoy
equivale a proclamar el alzamiento armado. Pero este llamamiento
no lo ha lanzado nadie, no ha sido puesto a la orden del día
por el partido revolucionario: es una consecuencia inexorable
de los propios acontecimientos.
El arte de conducir revolucionariamente a las masas en los momentos
críticos consiste, en nueve décimas partes, en saber
pulsar el estado de ánimo de las propias masas, y así
como Kajurov observaba las guiñadas de los cosacos, la
gran fuerza de Lenin consistía en su inseparable capacidad
para tomar el pulso a la masa y saber cómo sentía.
Pero Lenin no estaba aún en Petrogrado. Los estados mayores
"socialistas" públicos y semipúblicos,
los Kerenski, los Cheidse, los Skobelev y cuantos los rodeaban,
preferían hacer amonestaciones de toda índole y
resistir al movimiento. El estado mayor central bolchevista, compuesto
por Schliapnikov, Zalutski y Mólotov, reveló en
aquellos días una impotencia y una falta de iniciativa
asombrosas. De hecho, las barriadas obreras y los cuarteles estaban
abandonados a sí mismos. Hasta el día 26 no apareció
el primer manifiesto a los soldados, lanzado por una de las organizaciones
socialdemócratas, afín a los bolcheviques. Este
manifiesto, que tenía un carácter muy indeciso y
ni siquiera hacía un llamamiento a los soldados para que
se pusieran al lado del pueblo, empezó a repartirse por
todos los barrios el día 27 por la mañana. "Sin
embargo -atestigua Fureniev, uno de los directivos de la organización-,
los acontecimientos revolucionarios se desarrollaban con tal rapidez,
que nuestras consignas llegaban ya con retraso. En el momento
en que las hojas llegaban a manos de los soldados, éstos
entraban ya en acción."
Por lo que al centro bolchevique se refiere, conviene advertir
que, hasta el día 27 por la mañana, Schliapnikov
no se decidió a escribir, a instancias de Chugurin, uno
de los mejores caudillos obreros de las jornadas de febrero, un
manifiesto dirigido a los soldados. ¿Fue impreso ese manifiesto?
En todo caso, vería la luz cuando su eficacia era ya nula.
En modo alguno pudo tener influencia sobre los sucesos del día
27. No hay más remedio que dejar sentado que, por regla
general, en aquellos días los dirigentes, cuanto más
altos estaban, más a la zaga de las cosas iban.
Y, sin embargo, el alzamiento, a quien nadie llamaba por su nombre,
estaba a la orden del día. Los obreros tenían concentrados
todos sus pensamientos en las tropas. ¿Será posible
que no logremos moverlas? Hoy, la agitación dispersa ya
no basta. Los obreros de Viborg organizan un mitin en el cuartel
del regimiento de Moscú. La empresa fracasa. A un oficial
o a un sargento no le es difícil manejar una ametralladora.
Un fuego graneado pone en fuga a los obreros. La misma tentativa
se efectúa también sin éxito en el cuartel
del regimiento de reserva. Entre los obreros y los soldados se
interponen los oficiales apuntando con la ametralladora. Los caudillos
obreros y los soldados, exasperados, buscan armas, se las piden
al partido; éste les contesta: las armas las tienen los
soldados, id a buscarlas allí. Esto ya lo saben ellos.
Pero, ¿cómo conseguirlas? ¿No se echará
todo a perder? Así, la lucha iba llegando a su punto crítico.
O la ametralladora barre la insurrección, o la insurrección
se apodera de la ametralladora. En sus Memorias, Schliapnikov,
figura central en la organización bolchevique petersburguesa
de aquel entonces, cuenta que cuando los obreros reclamaban armas,
aunque no fuera más que revólveres, les contestaban
con una negativa, mandándolos a los cuarteles. De este
modo querían evitar choques sangrientos entre los obreros
y los soldados, cifrando todas las esperanzas en la agitación,
es decir, en la conquista de los soldados por la palabra y el
ejemplo. No conocemos testimonios que confirmen o refuten esta
declaración de uno de los caudillos preeminentes de aquellos
días, y que más bien acredita miopía que
clarividencia. Mucho más sencillo hubiera sido reconocer
que los dirigentes no disponían de armas.
Es indudable que, al llegar a una determinada fase, el destino
de toda revolución se resuelve por el cambio operado en
la moral del ejército. Las masas populares inermes, o poco
menos, no podrían arrancar el triunfo si hubiesen de luchar
contra una fuerza militar numerosa, disciplinada, bien armada
y diestramente dirigida. Pero toda profunda crisis nacional repercute,
por fuerza, en grado mayor o menor, en el ejército; de
este modo, a la par con las condiciones de una revolución
realmente popular, se prepara asimismo la posibilidad -no la garantía,
naturalmente- de su triunfo. Sin embargo, el ejército no
se pasa nunca al lado de los revolucionarios por propio impulso,
ni por obra de la agitación exclusivamente. El ejército
es un conglomerado, y sus elementos antagónicos están
atados por el terror de la disciplina. Aun en vísperas
de la hora decisiva, los soldados revolucionarios ignoran la fuerza
que representan y su posible influencia en la lucha. También
son un conglomerado, naturalmente, las masas populares. Pero éstas
tienen posibilidades incomparablemente mayores de someter a prueba
la homogeneidad de sus filas en el proceso de preparación
de la batalla decisiva. Las huelgas, los mítines, las manifestaciones,
tienen tanto de actos de lucha como de medios para medir la intensidad
de la misma. No toda la masa participa en el movimiento de huelga.
No todos los huelguistas están dispuestos a dar la batalla.
En los momentos más agudos, se echan a la calle los más
decididos. Los vacilantes, los cansados, los conservadores, se
quedan en casa. Aquí, la selección revolucionaria
se efectúa orgánicamente, haciendo pasar a los hombres
por el tamiz de los acontecimientos. En el ejército, las
cosas no ocurren del mismo modo. Los soldados revolucionarios,
los simpatizantes, los vacilantes, los hostiles, permanecen ligados
por una disciplina impuesta, cuyos hilos se hallan concentrados,
hasta el último momento, en manos de la oficialidad. En
los cuarteles sigue pasándose revista diariamente a los
soldados y se les cuenta, como siempre, por orden de las filas
"primera y segunda"; pero no, pues sería imposible,
por orden de filas "revoltosas" y "adictas".
El momento psicológico en que los soldados se pasan a la
revolución se halla preparado por un largo proceso molecular,
el cual tiene, como los procesos naturales, su punto crítico.
Pero, ¿cómo determinarlo? Cabe muy bien que las tropas
estén perfectamente preparadas para unirse al pueblo, pero
que no reciban el necesario impulso del exterior: los dirigentes
revolucionarios no creen aún en la posibilidad de traer
a su lado al ejército, y dejan pasar el momento del triunfo.
Después de esta insurrección, que ha llegado a la
madurez, pero que se ha malogrado, puede producirse en las tropas
una reacción; los soldados pierden la esperanza que había
alimentado su espíritu. Tienden nuevamente el cuello al
yugo y a la disciplina y, al verse otra vez frente a los obreros,
se manifiestan ya contra los sublevados, sobre todo a distancia.
En este proceso entran muchos factores difícilmente ponderables,
muchos puntos convergentes, numerosos elementos de sugestión
colectiva y de autosugestión; pero de toda esa compleja
trama de fuerzas materiales y psíquicas se deduce, con
claridad inexorable, una conclusión: los soldados, en su
gran mayoría, se siente tanto más capaces de desenvainar
sus bayonetas y de ponerse con ellas al lado del pueblo, cuanto
más persuadidos están de que los sublevados lo son
efectivamente, de que no se trata de un simple simulacro, después
del cual habrán de volver al cuartel y responder de los
hechos, de que es efectivamente la lucha en que se juega el todo
por el todo, de que el pueblo puede triunfar si se unen a él
y de que su triunfo no sólo garantizará la impunidad,
sino que mejorará la situación de todos. En otros
términos, los revolucionarios sólo pueden provocar
el cambio de moral de los soldados en el caso de que estén
realmente dispuestos a conseguir el triunfo a cualquier precio,
e incluso al precio de su sangre. Pero esta decisión suprema
no puede ni quiere nunca aparecer inerme.
La hora crítica del contacto entre la masa que ataca y
los soldados que le salen al paso tiene su minuto crítico:
es cuando la masa gris no se ha dispersado aún, se mantiene
firme y el oficial, jugándose la última carta, da
la orden de fuego. Los gritos de la multitud, las exclamaciones
de horror y las amenazas ahogan la voz de mando, pero sólo
a medias. los fusiles se mueve. La multitud avanza. El oficial
encañona con su revólver al soldado más sospechoso.
Ha sonado el segundo decisivo del minuto decisivo. El soldado
más valeroso, en quien tiene fijas sus miradas todos los
demás, cae exánime; un suboficial dispara sobre
la multitud con el fusil arrebatado al soldado muerto, se cierra
la barrera de las tropas; los fusiles se disparan solos, barriendo
la multitud hacia los callejones y los patios de las casas. Pero,
¡cuántas veces, desde 1905, las cosas pasaban de otro
modo! En el instante crítico, cuando el oficial se dispone
a apretar el gatillo, surge el disparo hecho desde la multitud,
que tiene sus Kajurovs y sus Chugurins, y esto basta para decidir
no sólo la suerte de aquel momento, sino tal vez el de
toda la jornada y aun el de toda la insurrección.
El fin que se proponía Schliapnikov: evitar los choques
de los obreros con las tropas no dando armas a los revoltosos,
era irrealizable. Antes de que se llegara a los choques con las
tropas tuvieron lugar innumerables encuentros con los gendarmes.
La lucha en las calles se inició con el desarme de los
odiados "faraones", cuyos revólveres pasaban
a las manos de los revolucionarios. En sí mismo, el revólver
es un arma débil, casi de juguete, contra los fusiles,
las ametralladoras y los cañones del enemigo. Pero, ¿estaban
éstos realmente en sus manos? Para comprobarlo, los obreros
exigían armas. Es ésta una cuestión que se
resuelve en el terreno psicológico. Pero tampoco en las
insurrecciones los procesos psicológicos son fácilmente
separables de los materiales. El camino que conduce al fusil del
soldado pasa por el revólver arrebatado al "faraón".
La crisis psicológica por que atravesaban los soldados
era, en aquellos momentos, menos activa, pero no menos profunda
que la de los obreros. Recordemos nuevamente que la guarnición
estaba formada principalmente por batallones compuestos de muchos
miles de reservistas destinados a cubrir las bajas de los regimientos
que se hallaban en el frente. Estos hombres, padres de familia
en su mayoría, veíanse ante el trance de ir a las
trincheras cuando la guerra estaba ya perdida y el país
arruinado. Estos hombres no querían la guerra, anhelaban
volver a sus casas, restituirse a sus quehaceres; sabían
muy bien lo que pasaba en palacio y no sentían el menor
afecto por la monarquía; no querían combatir contra
los alemanes, y menos aún contra los obreros petersburgueses;
odiaban a la clase dirigente de la capital, que se entregaba a
los placeres durante la guerra; además, entre ellos había
obreros con un pasado revolucionario que sabían dar una
expresión concreta a este estado de espíritu.
La misión consistía en encauzar este descontento
profundo, pero latente aún, de los soldados, hacia la acción
revolucionaria, franca y abierta o, por lo menos, en un principio,
hacia la neutralidad. El tercer día de lucha, los soldados
perdieron definitivamente la posibilidad de mantenerse en una
posición de benévola neutralidad ante la insurrección.
Hasta nosotros llegaron únicamente reminiscencias secundarias
de lo sucedido en aquellas dos horas, por lo que al contacto entre
los obreros y los soldados se refiere. Hemos visto cómo
la víspera los obreros fueron a quejarse amargamente ante
los soldados del regimiento de Pavlovski, y la conducta de un
destacamento de alumnos. Escenas, conversaciones, reproches y
llamamientos análogos ocurrían en todos los ámbitos
de la ciudad. Los soldados no podían seguir vacilantes.
Ayer les habían obligado a disparar. Hoy volverían
a obligarles a lo mismo. Los obreros no se rinden, no retroceden,
quieren conseguir lo que les pertenece, aunque sea bajo una lluvia
de plomo, y con ellos están las obreras, las esposas, las
madres, las hermanas, las novias. ¿No es ésta, acaso,
la hora aquella de que tan a menudo se hablaba, cuchicheando,
en los rincones?: "Y si nos uniéramos todos?"
Y en el momento de las torturas supremas, del miedo insuperable
ante el día que se avecina, henchidos de odio contra aquellos
que les imponen el papel de verdugos, resuenan en el cuartel las
primeras voces de indignación manifiesta, y en estas voces
anónimas todo el cuartel se ve retratado, aliviado y exaltado
a sí mismo. Así amaneció sobre Rusia el día
del derrumbamiento de la monarquía de los Romanov.
En la reunión celebrada por la mañana en casa del
incansable Kajurov, a la cual acudieron hasta cuarenta representantes
de las fábricas, la mayoría se pronunció
por llevar adelante el movimiento. La mayoría, pero no
todos. Es lástima que no se conserve testimonio de la proporción
de votos. Pero no eran aquéllos momentos de actas. Por
lo demás, el acuerdo llegó con retraso: la Asamblea
se vio interrumpida por la noticia fascinadora de la sublevación
de los soldados y de que habían sido abiertas las puertas
de las cárceles. "Churkanov besó a todos los
presentes." Fue el beso de Judas, pero éste no precedía,
por ventura, a una crucifixión.
Desde la mañana se fueron sublevando, uno tras otro, al
ser sacados de los cuarteles, los batallones de reserva de la
Guardia, continuando el movimiento que en la víspera había
iniciado la cuarta compañía del regimiento de Pavlovski.
Este grandioso acontecimiento de la historia humana sólo
ha dejado una huella pálida y tenue en los documentos,
crónicas y Memorias. Las masas oprimidas, aun cuando se
leven hasta las cimas mismas de la creación histórica,
cuentan poco de sí mismas y aún se acuerdan menos
de consignar sus recuerdos por escrito. Y la exaltación
del triunfo esfuma luego el trabajo de la memoria. Conformémonos
con lo que hay.
Los primeros que se sublevaron fueron los soldados del regimiento
de Volinski. Ya a las siete de la mañana, el comandante
del batallón llamó a Jabalov por teléfono,
para comunicarle la terrible noticia, el destacamento de alumnos,
esto es, las fuerzas que se creían más adictas y
se destinaban a sofocar el movimiento, se habían negado
a salir; el jefe había sido muerto o se había suicidado
antes los soldados: sin embargo, esta segunda versión fue
abandonada en seguida. Quemando los puentes tras de sí,
los soldados de Volinski se esforzaron en ampliar la base de la
sublevación, que era lo único que podía salvarles.
Con este fin se dirigieron a los cuarteles de los regimientos
de Lituania y Preobrajenski, situados en las inmediaciones, "llevándose"
a los soldados, del mismo modo que los huelguistas sacan a los
obreros de las fábricas. Poco después, Jabalov recibía
la noticia de que los soldados del regimiento de Volinski no sólo
no entregaban los fusiles, como había ordenado el general,
sino que, unidos a los soldados de los regimientos de Preobrajenski
y de Lituania, y lo que era aún más terrible, "unidos
a los obreros", habían destruido el cuartel de la
división de gendarmes. Esto atestigua que la experiencia
por que habían pasado el día antes los soldados
del regimiento de Pavlovski no había sido estéril:
los sublevados habían encontrado caudillos y, al mismo
tiempo, un plan de acción.
En las primeras horas de la mañana del día 27, los
obreros se imaginaban la consecución de los fines de la
insurrección mucho más lejana de lo que estaba en
realidad. Para decirlo más exactamente, sólo veían
la consecución de estos fines como una remota perspectiva,
cuando en sus nueve décimas partes se hallaban ya alcanzados.
La presión revolucionaria de los obreros sobre los cuarteles
coincidió con el movimiento revolucionario de los soldados
en las calles. En el transcurso del día, estas dos poderosas
avalanchas se unen formando un todo, para arrastrar, primero el
tejado, después los muros y luego los cimientos del viejo
edificio. Chugurin fue uno de los primeros que se presentó
en el local de los bolcheviques con un fusil en la mano y la espalda
cruzada por una cartuchera, "sucio, pero radiante y triunfal".
¡La cosa no era para menos! ¡Los soldados se pasan a
nuestro lado con las armas en la mano! En algunos sitios, los
obreros han conseguido unirse a los soldados, penetrar en los
cuarteles, obtener fusiles y cartuchos. Los obreros de Viborg,
y con ellos la parte más decidida de los soldados, han
esbozado el plan de acción: apoderarse de las comisarías
de policía, en las cuales se han concentrado los gendarmes
armados, desarmar a todos los jefes de policía; liberar
a los obreros detenidos y a los presos políticos encerrados
en las cárceles; destruir los destacamentos gubernamentales
de la ciudad, unirse a los soldados que no se han sublevado aún
y a los obreros de las demás barriadas.
El regimiento de Moscú se adhirió a la insurrección,
no sin luchas intestinas. Es sorprendente que estas luchas fueran
tan poco considerables en otros regimientos. Los elementos monárquicos,
impotentes, quedaban separados de la masa, se escondían
por los rincones o se apresuraban a cambiar de casaca. "A
las dos de la tarde -recuerda el obrero Koroliev-, al salir el
regimiento de Moscú, nos armamos... Cogimos cada uno un
revólver y un fusil, nos unimos a un grupo de soldados
que se nos acercó (algunos de ellos rogaron que les mandáramos
y les indicáramos que tenían que hacer), y nos dirigimos
a la calle Tichvinskaya, para abrir el fuego contra la comisaría
de policía." Véase, pues, cómo los obreros
indicaban a los soldados lo que tenían que hacer, sin un
instante de vacilación.
Una tras otra, llegaba jubilosas noticias de victoria. ¡Los
revolucionarios estaban en posesión de automóviles
blindados! Con las banderas rojas desplegadas, estos autos sembraban
el pánico entre los que aún no se habían
sometido. Ahora ya no era necesario deslizarse por entre las patas
de los caballos de los cosacos. La revolución está
en pie en toda su magnitud.
Hacia el mediodía, Petrogrado vuelve a convertirse en un
campo de operaciones: por todas partes se oyen disparos de fusilería
y ametralladoras. No siempre es posible concretar quién
dispara contra quién. Lo único que puede afirmarse
es que se tirotean el pasado y el futuro. Es frecuente también
el tiroteo sin objetivo: se disparaba, sencillamente, con los
revólveres adquiridos inesperadamente. Ha sido saqueado
el arsenal. "Se dice que se han repartido algunas decenas
de miles de Brownings." De la Audiencia y de las comisarías
de policía incendiadas se elevan al cielo columnas de humo.
En algunos puntos, las escaramuzas y los tiroteos se convierten
en verdaderas batallas. En la perspectiva Sampsonovski, los obreros
se acercan a las barracas ocupadas por los motociclistas, una
parte de los cuales se agrupa en las puertas. "¿Qué
hacéis aquí parados, compañeros?" Los
soldados sonríen, "con una sonrisa que no promete
nada bueno", atestigua uno de los beligerantes, y permanecen
callados. Los oficiales ordenan groseramente a los obreros que
sigan su camino. Los motociclistas, lo mismo que los soldados
de Caballería, fueron durante las revoluciones de Febrero
y de Octubre los cuerpos más conservadores de todo el ejército.
Pronto se agrupan ante la verja un tropel de obreros y soldados
revolucionarios. ¡Hay que sacar de ahí al batallón
sospechoso! Alguien comunica que ha sido pedido un automóvil
blindado; de otro modo, es poco probable que se pueda sacar de
su guarida a los motociclistas, que se han artillado apostando
ametralladoras. Pero la masa no sabe esperar: se muestra impaciente
e intranquila, y en su impaciencia tiene razón. Suenan
los primeros tiros disparados por ambas partes, pero la valla
de tablas que separa a lo soldados de la revolución, estorba.
Los atacantes deciden destruirla. Un trozo es derribado, al resto
le pegan fuego, Aparecen las barracas, que son cerca de una veintena.
Los motociclistas se concentran en dos o tres. Las otras son inmediatamente
incendiadas. Seis años después Kajurov registra
el recuerdo: "Las barracas ardiendo y la valla que las rodeaba
derribada, el fuego de las ametralladoras y los fusiles, los rostros
agitados de los sitiadores, el camión lleno de revolucionarios
armados que se acerca a toda marcha, y finalmente, el automóvil
blindado que llega, con sus bruñidos cañones, ofrecían
un espectáculo magnífico e inolvidable." La
vieja Rusia zarista, eclesiástico-policíaca, se
consumía en el incendio de las barracas y las vallas, desaparecía
entre el fuego y el humo, ahogándose en el tiroteo de las
ametralladoras. ¿Cómo no habían de exaltarse
los Kajurov, las decenas, los centenares, los miles de Kajurovs?
El automóvil hizo algunos disparos de cañón
contra la barraca en que se habían refugiado los oficiales
y los motociclistas. El comandante de los sitiados resultó
muerto; los oficiales, quitándose las charreteras y los
emblemas, se fugaron por huertas adyacentes; los demás
se rindieron. Fue probablemente la refriega más importante
de la jornada.
Entretanto la sublevación militar tomaba un carácter
epidémico. Las únicas que no la secundaban eran
ya las fuerzas que no habían tenido tiempo de hacerlo.
Al atardecer se sumaron al movimiento los soldados del regimiento
de Semenov, famoso por la salvaje represión del alzamiento
de Moscú, en 1905. ¡Los once años pasados desde
entonces no habían pasado en vano! Los soldados del regimiento
de Semenov, unidos a los cazadores, sacaron a la calle, ya entrada
la noche, a los del regimiento de Ismail, a quienes los jefes
mantenían encerrados en los cuarteles: este regimiento,
que cercó y detuvo el 3 de diciembre de 1905 al primer
soviet de Petrogrado, seguía siendo considerado como uno
de los más reaccionarios. La guarnición del zar
en la capital, que contaba con ciento cincuenta mil soldados,
se iba fundiendo, derritiéndose, desaparecía por
momentos. Por la noche, ya no existía.
Después de las noticias recibidas por la mañana
acerca de la sublevación de los regimientos, Jabalov todavía
intenta resistir, mandando contra los sublevados un destacamento
formado por elementos diversos, de cerca de mil hombres, con las
instrucciones más draconianas. Pero la suerte de este destacamento
toma un giro misterioso. "En estos días sucede algo
incomprensible -cuenta después de la revolución
el incomparable Jabalov-, el destacamento avanza con oficiales
valientes y decididos a la cabeza -alude al coronel Kutepov-;
pero...¡sin resultado alguno!" Las compañías
mandadas tras ese destacamento desaparecen también sin
dejar huella. El general empieza a formar reservas en la plaza
de Palacio, pero "faltaban cartuchos y no había de
dónde sacarlos." Entresacamos todo esto de las declaraciones
de Jabalov ante la Comisión investigadora del gobierno
provisional. Pero ¿dónde fueron a parar, en fin de
cuentas, los destacamentos destinados a sofocar la insurrección?
No es difícil adivinarlo: se vieron inmediatamente absorbidos
por esta última. Los obreros, las mujeres, los muchachos,
los soldados sublevados, rodeaban a los destacamentos de Jabalov
por todos lados, considerándolos como suyos o esforzándose
por conquistarlos, y no les daban la posibilidad de moverse como
no fuera uniéndose a la inmensa multitud. Luchar con esta
masa que se había adherido a los soldados, que ya no temía
nada, que era inagotable, que se metía en todas partes,
era tan imposible como batirse en medio de una masa de levadura.
Simultáneamente con las continuas informaciones relativas
a las sublevaciones de nuevos regimientos, llegaban demandas de
tropas de confianza para reprimir la insurrección, para
guardar la central telefónica, el palacio de Lituania,
el palacio de Marinski y otros sitios aún más sagrados,
Jabalov pidió por teléfono que se mandaran tropas
de confianza de Kronstadt, pero el comandante contestó
que el mismo temía por la seguridad de la fortaleza. Jabalov
ignoraba todavía que la sublevación se había
extendido a las guarniciones vecinas. El general intentó
o simuló intentar convertir el Palacio de Invierno en reducto,
pero el plan hubo de abandonarse en seguida por irrealizable,
y el último puñado de tropas "adictas"
pasó al Almirantazgo. Allí, el dictador se preocupó,
finalmente, de realizar la cosa más importante e inaplazable:
imprimir, para ser publicado, los dos últimos decretos
del gobierno, sobre la dimisión de Protopopov por "motivos
de salud" y sobre la declaración del estado de sitio
en Petrogrado. Este último decreto corría, en efecto,
mucha prisa, pues pocas horas después, el ejército
de Jabalov levantaba "el sitio" de Petrogrado y huía
del Almirantazgo para refugiarse en sus casas. Sólo por
desconocimiento de la realidad la revolución no detuvo
el día 27 por la noche a aquel general dotado de atribuciones
terribles, pero que ya no tenía nada de terrible. Se hizo
al día siguiente, sin ninguna dificultad.
¿Pero es posible que sea ésta toda la resistencia
que ofrezca la terrible Rusia zarista ante el peligro mortal?
Sí, casi todo, a pesar de la gran experiencia acumulada
en lo que a las represiones contra el pueblo se refería,
y a pesar de los planes de represión, tan concienzudamente
elaborados. Más tarde, los monárquicos, al volver
en sí, explicaron la facilidad de la victoria del pueblo
en Febrero, por el carácter especial de la guarnición
de Petrogrado. Pero todo el curso ulterior de la revolución
desmiente este razonamiento. Es verdad que, ya a principios del
año fatal, la camarilla sugería al zar la conveniencia
de renovar la guarnición de la capital. El zar se dejó
convencer sin trabajo de que la caballería de la Guardia,
que era considerada como muy adicta, había "permanecido
bastante tiempo en el fuego" y merecía que se le diese
descanso en sus cuarteles de Petrogrado. Sin embargo, accediendo
a respetuosas indicaciones del frente, el zar sustituyó
a los cuatro regimientos de la caballería de la Guardia
por tres dotaciones de Marina de la Guardia. Según la versión
de Protopopov, la sustitución se llevó a cabo sin
el consentimiento del zar, con una intención pérfida
por parte del mando. "Los marineros son, en su mayoría,
obreros, y representan el elemento más revolucionario del
ejército." Pero esto es un absurdo evidente. Lo que
ocurrió era, sencillamente, que la alta oficialidad de
la Guardia, sobre todo la de caballería, hacía una
carrera demasiado brillante en el frente para que tuviera ningún
deseo de retornar al interior. Además, tenía que
pensar, no sin miedo, en las funciones represivas que se les asignaba
a la cabeza de regimientos que en el frente habían sufrido
una completa transformación. Como no tardaron en demostrar
los acontecimientos del frente, la Guardia montada no se distinguía
ya, en aquel entonces, del resto de la Caballería, y los
marinos de la Guardia trasladados a la capital no desempeñaron
ningún papel activo en la revolución de Febrero.
La verdadera causa estribaba en que la trama toda del régimen
estaba podrida y no tenía ni un solo hilo sano...
En el transcurso del día 27 fueron puestos en libertad
por la multitud, sin que hubiera ninguna víctima, los detenidos
políticos de las numerosas cárceles de la capital,
entre ellos el grupo patriótico del Comité industrial
de guerra, detenido el 26 de enero, y los miembros del Comité
petersburgués de los bolcheviques, encarcelados por Jabalov
cuarenta horas antes. A las mismas puertas de la cárcel
se dividen los caminos políticos: los patriotas mencheviques
se dirigen hacia la Duma, donde se reparten los papeles y los
cargos; los bolcheviques se van a las barriadas, al encuentro
de los obreros y los soldados, a fin de dar cima con ellos a la
conquista de la capital. No se puede dejar respiro al enemigo.
Las revoluciones exigen, más que ninguna otra cosa, remate
y coronación.
No se puede precisar quién sugirió la idea de conducir
al palacio de Táurida a los regimientos sublevados. Esta
ruta política era una consecuencia lógica de la
situación. Todos los elementos radicales no incorporados
a las masas sentíanse, naturalmente, atraídos hacia
este palacio, en que se concentraban todos los informes de la
oposición. Es muy verosímil que precisamente estos
elementos, que sintieron súbitamente el día 27 la
afluencia de fuerzas vitales, desempeñasen el papel de
guías de la Guardia sublevada. Este papel era honroso y
ya casi no ofrecía peligro alguno. El palacio de Potemkin,
por su situación, era el más apropiado para servir
de centro a la revolución. El jardín de Táurida
sólo estaba separado por una calle de la población
militar, en que se hallaban los cuarteles de la Guardia y una
serie de instituciones militares. Durante muchos años,
esta parte de la ciudad había sido considerada, tanto por
el gobierno como por los revolucionarios, como el reducto militar
de la monarquía. Y lo era efectivamente. Pero todo había
cambiado. La sublevación militar surgió, precisamente,
de este sector. Los sublevados no tenían más que
atravesar la calle para llegar al jardín del palacio de
Táurida, separado del Neva solamente por una manzana de
casas. Del otro lado del Neva se extiende la barriada de Viborg,
caldera de vapor de la revolución. Los obreros no tienen
más que cruzar el puente de Alejandro, y , si éste
ha sido levantado, por el río helado, para ir a parar a
los cuarteles de la Guardia o al palacio de Táurida. He
aquí cómo este triángulo heterogéneo
y contradictorio por su origen, situado en el noroeste de Petersburgo:
la Guardia, el palacio de Potemkin y las fábricas gigantescas,
se convierte en la plaza de armas de la revolución.
En el edificio del palacio de Táurida surgen o empiezan
a dibujarse ya los distintos centros, entre ellos el estado mayor
de la insurrección. No se puede decir que éste tuviera
un carácter muy serio. Los oficiales "revolucionarios",
esto es, los oficiales relacionados por su pasado con la revolución,
aunque no fuera más que por equívoco, pero que habían
dejado pasar la insurrección, se apresuran después
de la victoria a recordar su existencia, o, respondiendo al llamamiento
directo de los demás, se ponen "al servicio de la
revolución". Estos elementos examinan pedantescamente
la situación y menean la cabeza con gesto pesimista. Claro
está, dicen, que esa masa de soldados en fermentación,
muchas veces desarmados, no tiene capacidad combativa alguna.
No hay ni artillería, ni ametralladoras, ni jefes. El enemigo
tendría bastante con un buen regimiento sólido.
Ahora, es verdad que los regimientos revolucionarios impiden toda
operación sistemática en las calles. Pero, por la
noche, los obreros se irán a sus casas, el habitante neutral
se acostará, la ciudad quedará desierta. Si Jabalov
se presenta en los cuarteles con un regimiento de confianza, puede
hacerse dueño de la situación. Con esta misma idea
nos hemos de encontrar luego, con distintas variantes, a través
de las varias etapas de la revolución. "Dadme un regimiento
de confianza, dirán más de una vez los bravos coroneles,
y en un cerrar y abrir de ojos barro yo toda esa porquería."
Algunos, como veremos, lo intentarán, pero todos tendrán
que repetir las palabras de Jabalov: "El destacamento ha
salido con un bravo oficial a la cabeza, pero... ¡sin resultado
alguno!"
No podía ser de otro modo. Los policías y los gendarmes,
y con ellos los destacamentos de alumnos de algunos regimientos,
constituían una fuerza suficientemente firme, pero resultaron
de una insignificancia lamentable ante la presión de las
masas: como resultarán impotentes, ocho meses después,
los batallones de Georgui y, en octubre, los alumnos de las escuelas
militares. ¿De dónde iba a sacar la monarquía
ese regimiento salvador dispuesto a entablar una lucha incesante
y desesperada con una ciudad de dos millones de habitantes? La
revolución les parece indefensa a los coroneles, verbalmente
decididos, porque es aún terriblemente caótica:
por dondequiera, movimientos sin objetivo, torrentes confluentes,
torbellinos humanos, figuras asombradas, capotes desabrochados,
estudiantes que gesticulan, soldados sin fusiles, fusiles sin
soldados, muchachos que disparan al aire, clamor de millares
de voces, torbellino de rumores desenfrenados, falsas alarmas,
alegrías infundadas; parece que bastaría entrar
sable en mano en ese caos para destruirlo todo sin dejar rastro.
Pero es un torpe error de visión. El caos no es más
que aparente. Bajo este caos se está operando una irresistible
cristalización de las masas en un nuevo sentido. Estas
muchedumbres innumerables no han determinado aún para sí,
con suficiente claridad, lo que quieren; pero están impregnadas
de un odio ardiente por lo que ya no quieren. A sus espaldas se
ha producido un derrumbamiento histórico irreparable ya.
No hay modo de volver atrás. Aun en el caso de que hubiera
quien pudiese dispersarlos, una hora después se agruparían
de nuevo y el segundo ataque sería más feroz y sangriento.
En las jornadas de Febrero, la atmósfera de Petrogrado
se torna tan incandescente, que cada regimiento hostil que cae
en esa poderosa hoguera o que sólo se acerca a ella y respira
su ardiente aliento, se transforma, pierde la confianza en sí
mismo, se siente paralizado y se entrega sin lucha a merced del
vencedor. De esto se convencerá mañana el general
Ivanov, mandado por el zar desde el frente con el batallón
de los Caballeros de Giorgui. Cinco meses después correrá
la misma suerte el general Kornílov, y, ocho meses más
tarde, Kerenski.
Durante los días anteriores, los cosacos parecían,
en las calles, los más influenciables; era así porque
se les traía muy ajetreados. Pero cuando el movimiento
tomó el carácter de insurrección franca,
la Caballería justificó, una vez más, su
reputación conservadora. El 27 conservaba aún la
apariencia de neutralidad expectante. Jabalov no confiaba ya en
ella, pero la revolución aún la temía.
Seguía siendo un enigma la fortaleza de Pedro y Pablo,
situada en el islote bañado por el Neva, frente al palacio
de Invierno y los de los grandes duques. La guarnición
se hallaba, o parecía hallarse, más protegida detrás
de sus muros de las influencias del mundo circundante. En la fortaleza
no había artillería permanente, a no ser el viejo
cañón que anunciaba a los petersburgueses el medio
día. Pero hoy se han colocado en los muros cañones
de campaña enfilados sobre el puente. ¿Qué
se prepara allí? En el estado mayor del palacio de Táurida,
por la noche, la gente se quiebra la cabeza pensando qué
hacer con Pedro y Pablo, y en la fortaleza se hallan torturados
por la cuestión de saber lo que la revolución hará
con ellos. Por la mañana se descifra el enigma: la fortaleza
se rinde al palacio de Táurida "a condición
de que se respete la seguridad personal de la oficialidad."
Orientándose en la situación, lo cual no era muy
difícil, los oficiales de la fortaleza se apresuran a prevenir
la marcha inevitable de los acontecimientos.
El 27, por la tarde, afluyen al palacio de Táurida soldados,
obreros, estudiantes, simples ciudadanos, todos los cuales confían
hallar aquí a los que lo saben todo y recibir informaciones
e instrucciones. De distintos puntos de la ciudad llegan al palacio
verdaderas gavillas de armas, que son amontonadas en una de las
habitaciones, convertida en arsenal. Por la noche, el estado mayor
revolucionario emprende el trabajo, manda fuerzas para vigilar
las estaciones y patrullas a todos aquellos sitios de que se puede
temer algún peligro. Los soldados cumplen las órdenes
del nuevo poder de buena gana y sin rechistar, aunque de un modo
extraordinariamente desordenado. Lo único que exigen cada
vez es la orden escrita: probablemente, la iniciativa parte de
lo que queda de mando en los regimientos o de los escribientes
militares. Pero tienen razón: es preciso introducir inmediatamente
un orden en aquel caos. El estado mayor revolucionario, lo mismo
que el soviet que acaba de surgir, no disponen aún de ningún
sello. La revolución tiene que preocuparse de establecer
un orden burocrático. Andando el tiempo, ha de hacerlo,
¡ay!, con exceso.
La revolución empieza la búsqueda de enemigos; por
toda la ciudad se efectúan detenciones; "detenciones
arbitrarias" dirán en tono de censura los liberales.
Pero toda revolución es arbitraria. En el palacio de Táurida
hay un desfilar constante de detenidos: el presidente del Consejo
de Estado, ministros, guardias de Seguridad, agentes de la Ocrana,
una marquesa "germanófila". Verdaderas nidadas
de oficiales de gendarmería. Algunos altos funcionarios,
tales como Protopopov, se presentan ellos mismos y se constituyen
prisioneros: con ello, piensan salir ganando. Las paredes de la
sala, que conservaban todavía el eco del absolutismo, no
escuchan ahora más que suspiros y sollozos -relatará,
más tarde, una marquesa puesta en libertad-. Un general
detenido se deja caer exhausto en una silla, a su lado. Algunos
miembros de la Duma le ofrecen amablemente una taza de té.
Conmovido hasta el fondo del alma, el general dice con agitación:
"Marquesa, ¡asistimos a la ruina de un gran país!"
El gran país, que no se disponía a morir, pasaba
por delante de aquellos ex-hombres sin hacer caso de ellos, golpeando
el suelo con las botas y las culatas de los fusiles, haciendo
vibrar el aire con sus gritos y dando pisotones a todo lo que
encontraban a su paso. La revolución se ha distinguido
siempre por su falta de urbanidad: seguramente, porque las clases
dominantes no se han preocupado a su tiempo de enseñar
buenas maneras al pueblo.
El palacio de Táurida se convierte en el cuartel general,
en el centro gubernamental, en el arsenal, en la cárcel
de una revolución que no se ha secado aún la sangre
de las manos ni el sudor de la frente. En este torbellino penetran
también los enemigos audaces. Se descubre casualmente a
un coronel de gendarmes, disfrazado, que toma sus notas en un
rincón, no para la historia, sino para los consejos sumarísimos.
Los soldados y los obreros quieren matarlo en el acto. Pero los
hombres del "estado mayor" intervienen y libran fácilmente
al gendarme de las garras de la multitud. En aquel entonces, la
revolución era aún bondadosa, generosa y crédula.
Sólo será implacable después de una prolongada
serie de traiciones, engaños y pruebas sangrientas.
La primera noche de la revolución victoriosa está
llena de inquietudes. Los comisarios improvisados de las estaciones
y de otros puntos, intelectuales en su mayoría, ligados
con la revolución por sus relaciones personales -los suboficiales,
sobre todo los de origen obrero, eran incomparablemente más
útiles-, empiezan a ponerse nerviosos, acechan peligros
por dondequiera, comunican su nerviosidad a los soldados y telefonean
constantemente al palacio de Táurida exigiendo refuerzos.
Allí también están agitados; telefonean,
manda refuerzos que casi nunca llegan a su destino. "Los
que reciben órdenes -cuenta uno de los miembros del estado
mayor nocturno-, no las cumplen, los que obran, lo hacen sin haber
recibido orden alguna..."
También obran sin órdenes las barriadas proletarias.
Los caudillos revolucionarios que habían sacado a los obreros
de las fábricas, que se habían apoderado de las
comisarías, que habían echado a los regimientos
a la calle y destruido los refugios de la contrarrevolución,
no se apresuran a ir al palacio de Táurida, al estado mayor,
a los centros dirigentes; al revés, apuntan hacia aquel
sitio con ironía e incredulidad: "Esos valientes se
apresuran a repartirse la piel del oso que no han matado y aún
colea." Los obreros bolcheviques y los mejores elementos
obreros de los demás partidos de izquierda se pasan el
día en las calles y las noches en los estados mayores de
barriada, mantienen el contacto con el cuartel, preparan el día
de mañana. En la primera noche del triunfo prosiguen y
desarrollan la labor realizada en el transcurso de las cinco jornadas.
Son la columna vertebral de la revolución en sus comienzos.
El día 27, Nabokov, miembro, a quien ya conocemos, del centro de los kadetes, que era en ese momento un desertor legalizado en el Estado Mayor general, se fue, como de costumbre, a la oficina y permaneció en ella hasta las tres sin enterarse de nada. Al atardecer, sonaron disparos en la Morskaya -Nabokov los oyó desde su domicilio-; corrían los automóviles blindados; soldados y marinos, aislados, se arrimaban a las paredes-; el honorable liberal los observaba desde las ventanas. "El teléfono seguía funcionando, y me acuerdo de que mis amigos me comunicaron lo sucedido durante el día. Nos acostamos a la hora de costumbre." Este hombre será pronto uno de los inspiradores del gobierno revolucionario (!) provisional, y su gerente. Al día siguiente, por la mañana, se le acercará en la calle un anciano desconocido, un oficinista cualquiera o acaso un maestro de escuela y, quitándose el sombrero, le dirá: "Muchas gracias por todo lo que han hecho ustedes por el pueblo." El propio Nabokov nos lo cuenta con modesto orgullo.